¿Cómo acompañar a nuestros hijos e hijas en las etapas clave de su crecimiento personal? ¿Qué papel juega la interioridad y la espiritualidad en su educación diaria? En el camino de la misión educativa y evangelizadora de nuestros centros, acompañar no es simplemente una tarea más dentro de la agenda escolar: es una vocación profunda que toca el corazón de las personas y transforma las comunidades. Por ello, dentro de nuestro proyecto educativo asumimos con firme compromiso el acompañamiento de la dimensión profundamente humana y espiritual de todo el alumnado. Con este horizonte se celebró entre los días 20 al 23 de octubre el IV Módulo de Formación para Agentes de Pastoral, con Diego Cuevas y Diego Quesada como formadores de excepción.
A través de una dinámica viva, participativa y profundamente reflexiva, 19 educadores de distintos colegios de la Fundación Educativa Jesuitinas exploraron los fundamentos, las actitudes clave y las herramientas prácticas necesarias para caminar junto a los educadores, el alumnado y las familias.
De Troya a Ítaca: El sentido del acompañamiento Las sesiones de Diego Cuevas sobre acompañamiento, tomaron como hilo conductor la metáfora del viaje del héroe en la Odisea de Homero: una travesía que nos lleva desde una «Troya» particular —marcada por las dificultades, las urgencias y los incendios del día a día— hasta una «Ítaca» compartida, que representa nuestros propósitos, el sentido de nuestra labor y el crecimiento integral de la persona.
El acompañamiento se definió como un encuentro personal entre dos o más personas que busca responder a necesidades concretas: sanar heridas, resolver dificultades e impulsar el máximo potencial de cada individuo. Para profundizar en este dinamismo, se presentó el mito de la diosa Cura, como ejemplo de cuidado.
A lo largo de la travesía pastoral surgen figuras metafóricas que reflejan los retos de la vida comunitaria: los cantos de sirena de los pensamientos rumiantes, las tempestades del dios Eolo que exigen resiliencia ante las adversidades, o los monstruos de Escila y Caribdis, representativos de las tensiones y el cansancio acumulado. Acompañar exige aprender a navegar entre estos escenarios con empatía y serenidad.
En medio de esta formación experiencial, el grupo proyectó la «Ítaca» institucional: cómo soñamos nuestros colegios a corto y medio plazo. Apoyándose en las fortalezas del carisma —las «estrellas» y «constelaciones» institucionales como la cercanía, la fraternidad, la atención personalizada y la pertenencia— se elaboraron propuestas orientadas a:
– Fortalecer el trabajo en equipo y el clima fraterno en los claustros. – Recuperar la ilusión por educar desde una identidad compartida. – Cuidar a los educadores para que puedan cuidar mejor a los alumnos y a sus familias. – Otorgar un mayor protagonismo al alumnado en su desarrollo emocional y espiritual.
Se ejercitaron habilidades de comunicación esenciales, como la gestión del silencio, la técnica del espejo, la resonancia interior y la formulación de preguntas abiertas que inviten al discernimiento. Se prestó especial atención al valor de las «caricias positivas» —gestos de reconocimiento, gratitud y aliento cotidiano—, fundamentales para generar entornos escolares seguros y saludables.
En el ámbito personal y de equipo, se abordaron también recursos para la gestión de las emociones y el estrés, promoviendo espacios de silencio interior, oración y contemplación como cauces de reparación.
Arte y evangelio se dan la mano La formación llevada a cabo por Diego Quesada se centró en el uso del arte como vía de encuentro con el Evangelio. A través de obras plásticas, música, imágenes simbólicas y dinamizaciones creativas, se mostró cómo la dimensión estética constituye un puente privilegiado para:
– Trabajar el pensamiento crítico y la dimensión emocional. – Promover el conocimiento mutuo dentro de los equipos. – Abordar temas trascendentes como la vocación, la memoria y la esperanza ante la pérdida.
Este cuarto módulo concluyó con la certeza de que acompañar es un camino compartido donde nadie se salva ni crece en soledad. La formación ofreció no solo claves teóricas y metodológicas, sino una verdadera experiencia de renovación para los agentes de pastoral. Volver a las aulas y a los equipos de trabajo implica ahora desplegar estas herramientas con renovada ilusión, sabiendo que cada persona acompañada es un espacio sagrado donde Dios continúa manifestándose y un espacio en el que todos nos hacemos más hermanos, más hermanos. Una formación para acompañar a nuestro alumnado en su crecimiento personal y espiritual. ¿Vamos juntos a Ítaca?
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